Con el peculiar sonido de los gallos.
Esta tarde no quería dormirme. Solamente me he sentando a descansar un momento pero poco a poco, mis ojos cansados han ido cerrándose. En menos de cinco minutos, ya estabas aquí otra vez. Estabas sentada en tu sillón, con los ojos cerrados pero escuchando la televisión. Yo te observaba callado y tú disfrutabas del silencio y de la paz del hogar que habíamos creado. Pero el silencio duró poco porque sin darnos cuenta, llegó la hora de ver nuestro programa favorito. De repente el pequeño salón se llenaba de risas y de comentarios hacia las películas de época que veíamos juntos. Lo comentábamos todo aunque muy pocas veces estábamos de acuerdo en nuestra opinión. Discutíamos mucho pero nunca me importó porque yo sabía que nos queríamos. Todavía puedo recordar aquella tarde soleada de 1951 en la que cruzamos miradas. Te había visto alguna que otra vez pero jamás antes te había mirado a los ojos. Sabía tu nombre y que eras unos años menor que yo, lo que no sabía era que desde ese día me acompañarías el resto del camino. Que afortunado de mí que me diste la oportunidad de conocer hasta el detalle más escondido de tu persona. Que solo yo sabía que tus pies cobraban vida propia si escuchaban el sonido de una guitarra española, el eco de unas palmas y el cantar de una gitana. Que adorabas cada mañana despertarte con el peculiar sonido de los gallos y alegrar a todo el personal. Ver cómo nuestros hijos crecían y cómo nuestros nietos nacían. Y ahí seguías tú, sentada en el sillón frente a tu querida máquina de cóser. Mirándola con cariño y recordando viejos tiempos y mientras tanto yo, me perdía en el color miel de tus ojos. De repente, sonó el timbre y desperté. Abrí los ojos y recordé que ya no estabas. Tu sillón estaba vacío, perfectamente colocado por si en algún momento volvías. Las guitarras españolas y las palmas ya no se escuchaban, las gitanas habían dejado de cantar y los gallos ya no madrugaban. Entonces me paré a pensar y no tardé mucho en darme cuenta de que ese había sido el mejor momento del día. El volver a soñar contigo. Porque estos jóvenes llaman vida a cualquier cosa pero yo que he podido compartir cincuenta años de mi vida contigo, sí se lo que es vivir.
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